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Imagen, sonidos y rituales

Mis abuelos paternos solían ir con mi padre y mi tío a los matinés del cine Radar allá en la esquina de 25 de Mayo y España (ciudad de Salta). Era una época de películas seriales, con héroes que quedarían en la historia como íconos cinematográficos.
Papá y mamá también le agarraron el gusto, y las salidas al cine se convirtieron casi en una tradición familiar.
Así aprendí a disfrutar del séptimo arte, viendo evolucionar las incómodas butacas de madera y las tardes con funciones dobles que se convirtieron en complejos con múltiples salas, con sonido digital y cierta comodidad.
Sin darme cuenta me enamoré de las aventuras en galaxias muy, muy lejanas; de las historias en tierras exóticas; de viajes en el tiempo; de playas inalcanzables y ciudades centenarias. Quedé encantado con una “Historia sin fin”, un viejo okinawense que enseñaba karate y un cazador de “replicantes” que vivía en una ciudad futurista cada vez más parecida a las grandes urbes del presente.
También reconozco que me molesté mucho cuando iba a alguna sala donde el sonido era terrible, o peor aún, cuando no me dejaban entrar en la última función, porque había poca gente y decidían suspender la proyección.
Pero el cine se convirtió en parte de mi vida, al punto que dediqué varios años a estudiar su lenguaje, sus formas y sus variantes.
Y todavía soy de aquellos que disfrutan de arreglarse bien, salir a cenar, compartir carcajadas con el público y tomar un café para hablar de lo que vi.
¿VCD?... No, gracias.

(Publicado el viernes 21 de agosto en la columna "Vida cotidiana" de la edición impresa de El Tribuno de Salta)

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