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Peregrinos

Salta es una provincia profundamente religiosa, y en estos días vive un tiempo muy especial dedicado al Señor y la Virgen del Milagro.
El casco céntrico de la ciudad está lleno de gente que llega hasta la Catedral Basílica. Es una postal conformada por visitantes autóctonos, turistas foráneos, gauchos, sacerdotes y personas de todas las edades. Pero una de las cosas que más conmueve, es la llegada de peregrinos oriundos de los más diversos pueblos y parajes del interior salteño, que caminaron durante días a través de increíbles paisajes, para manifestar su fe y arrivar al Santuario del Cristo y la Virgen del Milagro.
Ayer -domingo-, pude apreciar la sencillez y la fe de un grupo que llegaba desde Seclantás y Brealito. Y también observé una enorme multitud de gente que los recibía con aplausos y alegría. Minutos después, se anunciaba por micrófono que otras 2000 personas estaban por llegar desde Cachi.
Los peregrinos siguen llegando, y mañana también caminarán en la multitudinaria y tradicional procesión que se realiza todos los años.

Algunas fotografías del domingo:


Con todo esto, recordé una nota que hice allá por el 2006 para la revista Emprender (publicación de negocios).
En aquella oportunidad entrevisté a Jorge David, y creo que vale la pena recordar parte de ese texto, que describe la vida de un hombre que también se hizo conocido por su relación con los peregrinos.

Una historia de fe y solidaridad

Nacido en el interior de Salta, reconocido por la calidad de sus sandwiches pero también por su solidaridad, Jorge David tiene una historia signada por la fe que le cambió la vida a él y a su familia. Un camino recorrido, cuyas consecuencias ayudan a miles de peregrinos en la Fiesta del Milagro y a personas humildes siempre.
David nació en El Galpón, un 5 de setiembre de 1949. Hoy, con 57 años, tiene una gran familia compuesta por su esposa, cinco hijos y siete nietos. Hizo la primaria en esa ciudad y la secundaria en Salta capital, en el Colegio Nacional. Luego se casó con una nativa de El Galpón, lo que lo llevó nuevamente a su tierra, pero vivieron allí y en la capital, de acuerdo a las necesidades y circunstancias. “Hoy estamos radicados en Salta”, afirma, aunque tienen una casa en El Galpón para los fines de semana.
Hace nueve años decidió abrir la hoy famosa Sandwichería David en la calle Mitre. “Por entonces, mi situación económica no era nada buena. Yo estaba al tanto del oficio porque mis abuelos y mis padres se dedicaron al rubro gastronómico. Y era un negocio que requería poco capital inicial”, recuerda David.
En los comienzos, tuvo una sociedad con un amigo de apellido Guardia: Vía Catedral. “Allí nos iniciamos, pero luego me separé para abrir un local propio en la calle Mitre”, rememora sus inicios.
El crecimiento fue muy lento hasta que el reconocimiento de la gente y la solidaridad comenzaron a mostrar sus frutos. No obstante, para don David es importante destacar aquí que “siempre elaboramos un buen producto”. Y ese es uno de los motivos principales por el que se conoce la sandwichería. “Los pilares básicos siempre fueron la buena atención, un buen producto y una buena higiene”. La garantía de la calidad y el exquisito sabor de sus preparaciones fueron permanentemente degustados no sólo por salteños sino también por personalidades nacionales como Soledad Pastoruti o el Chaqueño Palavecino. Los Nocheros son clientes asiduos. Y como dice su propietario, “las recomendaciones y el ‘boca en boca’ colaboran con el crecimiento continuo del negocio”.
Pero tanto o más conocida que sus sandwiches, la solidaridad de este hombre es una evidencia del gran corazón que tiene. Es una historia repleta de detalles que David cuenta con pasión. Todo comenzó hace aproximadamente siete años con la enfermedad de su nieto Diego. David recuerda que el niño que hoy tiene 11 años, se enfermó de leucemia cuando sólo tenía seis, estuvo internado en el Garraham y la situación se complicó porque rechazaba la quimioterapia. “Un 13 de setiembre acudí a la Virgen del Milagro (era justo el día de la Virgen). Le imploré que me ayude, que no me quite a mi nieto. Le prometí que iba a dar todo lo que tenía de mí a la sociedad y a los chicos enfermos”. Estaba llorando en el altar, había mucha gente. Salió afuera. Sintió “como si alguien me hubiera agarrado muy fuerte. Me di vuelta, y la gente estaba lejos de mí. Mi alma recibió un mensaje claro, la Virgen me indicó que tenía que actuar, no tenía que llorar. En un primer momento sentí miedo, pero fui a casa, eran las 6 de la tarde y le dije a mi hija: ‘vamos a imprimir ya mismo volantes para anunciar que hacemos la Noche del Peregrino’. Sorprendida, ella le preguntó a qué se refería y él le contestó: “Vamos a dar biberones, leche, pan y café dentro del negocio”. Aquella primera edición entraron 80 o 90 personas, pero al año siguiente el número ascendió a 1500. “Decidí hablar con la dueña de la playa de estacionamiento contigua a mi negocio. Y hasta el día de hoy nos facilita gratuitamente el lugar”.
Sobre la salud de Diego, David recuerda que “hicimos la primera noche del peregrino y aquel 15 de setiembre mi nieto mejoró. El 16, los médicos –que no sabían que había ocurrido- se sentían conformes y confiados. Todo parecía estar bien. Entonces, entendí que era un milagro”.
En este tramo del relato, David hace un impasse y aclara que “la atención médica del Garraham es muy buena. Pero apelé a la voluntad de Dios y el milagro se hizo. En un año desapareció la enfermedad y hoy Diego es un chico muy sano, con una vida completamente normal, y de eso no me olvido nunca más“.
“Cada Noche del Peregrino, cuando se acercan 3 mil o 4 mil personas y sabemos que hay que atenderlos con el compromiso de siempre… es increíble pero el dinero aparece. Son milagros que se producen, así como el hecho de que en tres horas le tenemos que dar de comer a tanta gente”, señala David con una confianza envidiable.
Con la recuperación de Diego, don David empezó a trabajar con pie firme. Eso también hizo que el negocio crezca, junto a la Noche del Peregrino y a las Peñas Solidarias, con las que siempre colabora.
Como si sobrevolara sobre su vida, David hoy dice que no le tiene miedo a nada, “porque sé que, junto a mi familia, estoy haciendo bien las cosas. Sé que la voluntad divina me está guiando y más allá de mis equivocaciones en el pasado, hoy me considero sano espiritualmente, cosa que no sentía antes del problema de Diego”. Aún sorprendido por todo lo que pasó, cree que “no fue una enfermedad sino un llamado de atención de Dios, porque es impresionante lo que me enseñó a mí y a mi familia. Y lo que se transmite a la sociedad con esta obra solidaria que a veces ni yo sé de dónde sale. Esta obra es para nosotros una responsabilidad muy grande”.
Pero incansablemente solidario, en su sandwichería, se ofrece leche y pan en forma gratuita a cualquier persona que pida comida, con la consigna de que “a nadie se le niega alimento”.


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